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3 sept 2012

RENDÓN, EL RELOJERO COMUNISTA DE CÁDIZ


Francisco Rendón Sanfrancisco, 
Autor/a: Santiago Moreno Tello

Rendón, el relojero comunista
 de Cádiz

Muchos de los mayores de nuestra ciudad todavía recuerdan tristes episodios relacionados con el inicio de la Guerra Civil. Y a pesar de que en Cádiz no hubo escenas de trinchera, sí que se dieron duros acontecimientos de represión contra un amplio sector de la población encabezado por quienes habían tenido cargos públicos durante la República. Representantes y líderes de la política, sindicatos, entidades culturales, educación, etc, también fueron perseguidos y, en muchos casos, aniquilados. Con la llegada de las tropas africanas (popularmente conocidas como «los moros»), el 19 de julio de 1936 Cádiz fue tomada prontamente para los sublevados. En pocas horas todo foco de resistencia a favor de la República fue aplastado, viviéndose escenas muy violentas, hasta entonces desconocidas para la mayoría de la población. Una de éstas fueron los dos asaltos a la relojería-platería «La Central» de Francisco Rendón en la calle Alonso El Sabio (actual Pelota). La tienda y la vivienda de la parte superior fueron arrasadas por completo: primero por los «moros» y luego por los falangistas locales. Muchos recuerdan cómo en los días posteriores los primeros vendían los relojes de Rendón en la plaza de la República (hoy San Juan de Dios). El relojero, uno de los miembros más destacados del Partido Comunista de Cádiz, había acudido con las primeras noticias del golpe de Estado, al Ayuntamiento. Fue detenido allí mismo y posteriormente encarcelado en la Cárcel Provincial (Cárcel Real). Tras un Juicio Sumarísimo lo fusilarían a inicios de agosto. Su hija mayor, Milagros, fue detenida en el Gobierno Civil (actual Diputación) y fusilada a finales del mismo mes. Su otra hija, María Luisa que vivía en El Puerto Santa María, sería detenida el 25 de julio. Se libraría del fusilamiento pero durante años rodó por las cárceles del país. A su vez, su marido, el médico y diputado por el Partido Comunista, Daniel Ortega también sería fusilado en Cádiz en 1941. Ésta es parte de la historia de la familia Rendón.


* * *

Rendón «el relojero» nació el 8 de septiembre de 1874 en Cádiz. Hijo de Juan Rendón y Bárbara Sanfrancisco. Dicho matrimonio tuvo varios hijos entre los que se encontraban el propio Francisco, Carmen y Cayetano. Vivían en el barrio de La Viña. Desde muy joven, Francisco Rendón, se dedicó al comercio. Sin posibilidades de abrir negocio propio, comenzó vendiendo de forma ambulante alhajas, bisutería, relojes, etc. En uno de sus viajes a Cuba como vendedor de orfebrería, llegó hasta la casa de la joven Julieta Martell. De familia pudiente, sus padres se negaron a la relación con el gaditano por su bajo estatus económico. Aun así, Francisco y Julieta, se fueron a vivir juntos en la misma Habana, naciendo en 1907 Milagros y dos años después María Luisa. Al poco tiempo de nacer la segunda hija, Julieta enfermó de pulmonía muriendo poco después. Sin nada que le uniera ya con la isla, y sin relación con su familia política, Francisco decidió volver a Cádiz con sus hijas. El joven comerciante sabía leer y escribir y aunque no poseía estudios superiores, sabía de la importancia de la educación. Por dicho motivo siempre quiso que sus hijas estudiaran. Así, nada más llegar a Cádiz las matriculó en el colegio del Rebaño de María de la calle Costa Rica. A la par se instalaban en la calle Cristóbal Colón abriendo en la planta baja una platería. Francisco rehizo su vida con una nueva mujer llamada Francisca que poseía un puesto en los exteriores de la Plaza de Abastos. Tal fue la afinidad de la segunda esposa de Rendón con sus hijas, que éstas le llamaban cariñosamente «Mama Paca». Fallecería también pronto, sufriendo la más pequeña una enfermedad por dicha causa. Para mejorar su estado de salud, la trasladaron un tiempo a alguna localidad de las afueras de la capital. La educación de sus hijas siguió siendo una obsesión para Rendón y a inicios de los años 20, se matriculan en la Escuela Industrial de Artes y Oficios, dependiente de la Universidad de Sevilla, con 16 y 13 años respectivamente. Vivían entonces en la calle San Juan. Unos años después se trasladan a la calle Alonso el Sabio nº 3 donde Francisco fundará la conocida platería y relojería «La Central».


* * *

En la década de los años 20, llegaba a Cádiz desde Fuentecen (Burgos), un joven llamado Daniel Ortega Martínez. Se instaló en la capital matriculándose en la Facultad de Medicina. Siendo un estudiante ejemplar, se costeó la carrera universitaria trabajando como mecánico. En estos años, Daniel conocería a María Luisa, la hija menor del «relojero». Finalmente se instalan en El Puerto de Santa María, donde Ortega abre su propia consulta en la calle Santa Lucía. Tuvieron dos hijos, Daniel y Juan. Su vinculación con la política es algo anterior. Del PSOE pasó al Partido Comunista (a partir de ahora PC), sin embargo no fundaría de forma oficial el Socorro Rojo Internacional en El Puerto hasta 1931. En 1933 se crearía el Partido como tal. Mientras tanto, en Cádiz, Francisco Rendón y su hija Milagros serían dos de las principales personalidades del PC local. En las elecciones generales de 1933 el PC se presentó bajo la candidatura del Frente Único Revolucionario, no obteniendo acta de diputado por la provincia. En cambio, en febrero de 1936, con el PC dentro del Frente Popular, obtienen un diputado en la persona de Daniel Ortega. Pocos meses después de las elecciones de febrero se daba el golpe de Estado del 18 de julio. Como vimos al principio Francisco Rendón fue detenido en el Ayuntamiento. El resto de sus familiares también tenían ya trazado su destino. Rendón se negó a firmar su sentencia de muerte, al menos hasta que no se modificara el texto pues «no he sido ladrón, ni he incendiado iglesias, como tampoco he saqueado templo religioso alguno». Rendón fue fusilado el 9 de agosto de 1936 a las cuatro de la tarde en los fosos de Puerta Tierra.

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19 ago 2012

ANA GUTIERREZ DELGADO



AnaGutiérrez Delgado 
Autor:  Benito Trujillano Mena.
Investigación Memoria Histórica Casareña 


Casares, 1893-1974

La vida de una mujer de Casares. Como ella, más de dos centenares de viudas, solas, en un pueblo de tragedias. Vivieron su tiempo siendo mujeres, ignoradas por la justicia del ganador, relegadas por un estado pseudo imperial, anacrónico y olvidadas por aquellos que tienen que recuperar su memoria histórica en leyes inoperantes.

Ana Gutiérrez Delgado nace en Casares el 29 de Octubre de 1893 en una familia jornalera de cinco hijos. Su infancia y juventud trascurre sin grandes sobresaltos, supliendo carencias con imaginación. La tradición de su clase marca mujeres analfabetas de cultura milenaria, todo lo demás eran labores de la casa, compartido con jornales en el campo, el ocio era el baile fandango casareño y tocar la guitarra.

Mujer de pequeña estatura, rubia de cabellos ondulados, ojos azules, ágil, vivaz, alegre, de buenos sentimientos. Se casó el 4 de Septiembre de 1913 con Juan Mena Valadez “Raspa”, jornalero del mismo pueblo, y formaron una prolífica familia con ocho hijos; dos fallecieron en la infancia. Ana tomó pronto la rienda de su familia. Juan tuvo que emigrar durante un tiempo a Kenitra, Marruecos (1918), sustituyó el campo por la minería y pudo eludir el brote de gripe española que tantas muertes produjo en Casares.

A Casares, la II República llega como agua de Abril. Todas las esperanzas de la clase obrera se vuelcan en poder trabajar y comer todos los días, escuelas para los niños, vale tanto el mayor terrateniente como el más humilde de los jornaleros. Juan tuvo una escasa participación política, era afín a las ideas sindicales ugetistas y participó, como todos los jornaleros, en las huelgas agrarias.

Después de Golpe Militar del 18 de Julio, Casares vivió tiempos convulsos con refugiados del Campo de Gibraltar, bombardeos desde los barcos, detenciones y un terror generalizado a lo que se rumoreaba de las tropas africanas, Juan hizo guardia en la entrada de la Calle el Monte, y en el teléfono público, por orden del Comité Republicano de Casares, acompañado de una vieja escopeta de caza que no llegó a tocar.

A finales de Septiembre del 36, próximas las tropas nacionales, todo el pueblo de Casares se puso en camino con destino a Málaga, vadeando las sierras, bombardeados constantemente esta familia llegó hasta Campanillas, donde tras la caída de Málaga deciden volver al pueblo. Ellos no tenían ninguna cuenta pendiente y sus manos estaban limpias de sangre como transmitía la falsa promesa nacionalista.

Vuelven a Casares y llegan en la mañana del 16 de Febrero. Encuentra su pequeña y humilde casa saqueada, destrozada como todas las del pueblo. Aquella misma tarde Juan es detenido por tres falangista de nuevo cuño, y encarcelado en calle Carrera, junto con ocho paisanos. Su muerte estaba premeditada, eran sus últimas horas, en la madrugada del 17 de febrero, amarrados, fueron fusilados en el Cerro de la Horca, a unos tres Kms. del casco urbano. Con las primeras luces del día Ana se acercó a la cárcel, allí se enteró de la tragedia de su marido. Es retenida y conducida a la calle Fuente, es rapada al cero por un barbero apodado Puliana, entre lágrimas le decía: “Ana no te opongas, que esto es monte que mete, si no estas gentes nos matan a los dos”. Aquel día de un gélido Febrero también murió Ana La Ramira y nació sin vivir “Señá Ana La Raspa”. Una mujer fuerte en su debilidad, rebelde en su desgracia, buscavida en la nada, solidaria en las miserias y triste, muy triste en sus amarguras.

Estas mujeres vistieron Casares de luto y formularon una estrategia sin plan previo, sólo subsistir día a día, con el saquito de corchiza, bellotas o la rebusca de cualquier cosa; el pedir un cacho de pan de cortijo en cortijo, el milagro de las tagarninas rehogadas en aceite de capote y tortillas sin huevo.

En aquellos días, tuvo una boca más que alimentar, su hermano Antonio, militante de izquierdas, huido y refugiado en una gruta entre las fincas de Matute y Arroyo de la Jordana, a escondidas le llevo lo que pudo. Su hijo mayor, fue alistado muy joven en el ejército republicano, estaba desaparecido.

Ella junto con su hermana María, su eterna amiga María Parra y muchas más, representaron un modelo de fidelidad a sus maridos y sus ideas, un compromiso con la lealtad y la amistad, a un amor sin límites a los suyos y una rebeldía hasta sus últimos días.

No falto, sobre todo en los primeros tiempos, un acoso continuo. Algunos días de cárcel con acusaciones peregrinas (”y ahora encerrada unos días bajo la acusación de robar dos Kgrs de habas”), cuando no grotescas situaciones: ”matadnos aquí mismo, pero mi hija María no va a ningún baile del Kiosco, aunque conquistéis el cielo, es que no tenéis bastante con lo que le habéis hecho al padre”, les decía Ana a unos tipos que iban de nueva autoridad municipal, queriendo celebrar las victorias guerreras del traidor.

Su hija pequeña, de corta edad, aún recuerda la falta de su padre, cómo caían los mechones de pelos de su madre, los días que pasaron en la soledad de cárcel, y aquellos necios festivos; también recuerda cómo una noche estando Ana de encalijo en el Cortijo La Alcabaleta se presentaron unos hombres, Juan Pabuceno, El Lezno y dos más que no conocían, uno calzaba polainas y se hacía llamar Manolo El Rubio, el otro llevaba una chaqueta de cuero y le decían Remigio El Asturiano.

“Ana ayúdanos, vamos de paso y estamos muertecitos de hambre, la niña no dirá nada ¿no? Mira que si nos cogen estamos perdidos”, decía Juan Valadez Mena, “Pabuceno”, anarquista y guerrillero de Casares. Aquella noche el cortijero tuvo una orza de manteca “colorá” y una hoja de tocino fresco menos.

Un día de los cuarenta fueron llamadas al Ayuntamiento para firmar unos papeles, pero al conocer su contenido se negaron a poner la huella dactilar. Sus maridos no habían desaparecido en la Guerra. Nadie mejor que ellos sabía que esos hombres nunca huirían. Las promesas de dinero y sus hijos declarados huérfanos, no eran una tentación.

En 1958 corrió el rumor que el Ayuntamiento iba a sacar los restos del Cerro la Horca y Arroyo Marín para llevárselo al Valle los Caídos en Madrid, pero no pudieron por la resistencia de aquellas mujeres, que harta de morder lágrimas, protestaron y después de años consiguieron la primera victoria, ellos se quedarían allí para siempre, si no cómo se podría demostrar que aquello había pasado verdaderamente.

Toda su vida trabajaron fuera del hogar, sus hijos se educaron en la escuela de la calle, el ser rojillos, como les llamaban, curtía y daba carácter. El hijo mayor estaba en Madrid.

Pasó el tiempo, tuvo nietos y biznietos. Nunca llevó bien que ella que tanto había trabajado no tuviese una paguita y que su seguro médico fuese de Beneficencia sin derecho a medicamentos.

Todas las mañanas se peinaba y cuidadosamente se hacía el “roete”, mientras rezaba en silencio: “que poco vale este pelo, yo este pelo no lo quiero, claro si es que mi pelo es fascista”. Todas las noches antes de la carta de ajuste de la televisión, salía una foto del gobernante, siempre mascullaba unas palabras, nunca se le entendió, su cara era el reflejo de su alma.

Antes de fallecer el 31 de Diciembre de 1974, en estado de inconsciencia recordó su vida, sus tragedias y desgracias. En su inmenso corazón nunca hubo sitio, ni ocupó un lugar el odio ni la venganza. Hasta siempre abuela.
En recuerdo de aquellas mujeres de negro, víctimas del olvido de la Historia. A mi madre, aquella niña pequeña, y mi tío Juan, testigos que con su memoria viva nunca olvidaron a Ana, su madre.

10 ago 2012

AMALIA DOMÍNGUEZ DE LA ROSA


Amalia Domínguez de la Rosa

Autor: Jesús Ramírez Copeiro del Villar

Amalia Domínguez de la Rosa nació en Bollullos Par del Condado (Huelva), el 19 de diciembre de 1907. Hija de una familia terrateniente y de padre abogado, residió en Huelva hasta los veinticinco años. Luego se trasladó a Madrid para sacar unas oposiciones a Estadística en el año 1933. Siendo ya funcionaria conoció a José Enciso Gutiérrez, madrileño, ingeniero industrial y también funcionario de Estadística, con el que contrajo matrimonio civil el 12 de septiembre de 1936. Las circunstancias de la guerra la hicieron moverse hacia Valencia y Barcelona, mientras su esposo era destinado al frente del Ebro. Tras la caída de Cataluña, Amalia y otros parientes pasaron a Francia por La Junquera.

Amalia fue introducida en vagones de carga y traslada en tren, a través de toda Francia, hasta Bar-sur-Seine, una prisión en desuso al sureste de París. Allí la desnudaron, ducharon, despiojaron y hasta la metieron un desinfectante en la boca. Cayó enferma de tifus pero gracias a un familiar francés que la reclamó, Marie Desbrest, a la sazón profesora de inglés, pudo salir de la prisión e irse con ella a su casa en Lons-le-Saunier, en el Jura, cerca de la frontera suiza. Su marido, José Enciso, que se hallaba internado en el campo de Argelès-sur-Mer, también fue reclamado y pudo reunirse con ella. El matrimonio se puso a trabajar para pagar los gastos de manutención: José dando clases de matemáticas a los niños y también de ajedrez, y Amalia cosiendo y bordando. Se apuntaron en las listas para viajar a México, pero no lo consiguieron al no pertenecer a ningún partido político. Les tocó ver la llegada de las tropas alemanas a la ciudad, pero no les causó problema alguno. Aprovechando que Amalia se había quedado embarazada decidieron regresar a España a finales de 1940, pero antes se casaron por la iglesia en Lons-le-Saunier. Según el salvoconducto expedido por el consulado de España en Lyon y que conserva su hija, el matrimonio atravesó la frontera española de Portbou el 6 de noviembre de 1940. Una vez en Madrid, Amalia dio luz a una niña llamada Marita y José Enciso pasó un tiempo en la cárcel. Ambos fueron depurados y apartados de la Administración. Amalia Domínguez vivió en San Sebastián, Puerto de Santa María y Gijón debido al nuevo trabajo de su esposo. Falleció en Madrid el 25 de noviembre de 1995.

Fuentes:

Marita Enciso Domínguez (hija); Reg. Civ. Bollullos. Nacim. Tomo 32, fol. 247.

6 jul 2012

MICROBIOGRAFIA


Antonio Del Valle Bermúdez
Autora: Sofía del Valle López

Abuelo, tu ausencia dejó abierta una herida que no dejaría jamás en paz al niño que te acompañaba cuando vinieron a buscarte. Esa herida se transmitiría a cada uno de sus hijos.


Nunca le oí una palabra, fue mi madre la que nos nutrió con historias de la república, de la sublevación y de la represión. Sin embargo sé que siempre lo atormentaron los recuerdos de ese maldito día de agosto de 1936 que acabó brutalmente con su padre y de paso con su niñez.


Con ese niño herido para siempre, abuelo, atravesaste el tiempo para clavar en cada uno de tus nietos tu ira frente a la injusticia y tu fe en un mundo mejor.


Antonio del Valle Bermúdez nació un 28 de septiembre de 1885 en Paterna del Campo (Huelva), se casó con Isabel Menudo Menudo en 1908 y tuvieron once hijos de los cuales sobrevivieron ocho: Carmen, Pastor, Antonio, José, Isabel, Cristobalina, Francisco y Manuel.


Antonio e Isabel eran pelentrines: las tierras que cultivaba mi abuelo daban para alimentar la familia. Tenía un olivar con una choza en El Junquillo, más allá de Tujena, hacia la Pata del Caballo. Allí le gustaba llevarse a su hijo Paco a pasar unos días trabajando. El niño lo acompañaba orgulloso en su caballito pardo que le había regalado su padre.


Antonio no tenía afiliación política ninguna, pero cuando sus hijos Antonio y José empezaron a militar en UGT e Izquierda republicana, a pesar de la condena de la familia, muy naturalmente les brindo su apoyo.


Durante las huelgas revolucionarias de octubre de 1934, la izquierda se organiza por toda España para detener las fuerzas y frenar la brutal represión que se abatía sobre los obreros. Su hijo Antonio del Valle Menudo fue acusado por la CEDA de haber sido el instigador de la quema de la iglesia de Paterna del Campo la noche del 7 de octubre de 1934 y encarcelado con muchos más en La Palma del Condado. Allí fue a verlo todas las semanas hasta su liberación poco después de la victoria del Frente popular en febrero de 1936.


Quizás fue ese el motivo de la discusión un tanto animada en la cual Antonio del Valle Bermúdez hirió al boticario de una cuchillada el 8 de marzo de 1935. Según el ABC de ese día vino la guardia civil a detenerlo pero, al retirar su queja el boticario, Antonio fue liberado.


Tras las elecciones de febrero de 1936 y la victoria del Frente Popular, sus hijos Antonio y José del Valle Menudo fueron nombrados concejales y teniente de alcalde en Paterna del Campo.


La vida transcurría tranquila, pasaban los días en El Junquillo trabajando con su hijo. Paco tenía 13 años cuando se produjo el levantamiento del 18 de julio de 1936.


El 27 de julio de 1936 los bombardeos aéreos abrieron camino a los sublevados hacia Paterna. Los vecinos dejaron sus casas y huyeron a la sierra hasta que dejaron de caer bombas. El 28 de julio Paterna del Campo estaba en manos de los fascistas. Los republicanos, con ellos mis tíos Antonio y José, se fueron hacía la Pata del Caballo para organizar la resistencia.


Antonio del Valle Bermúdez organizó el abastecimiento de sus hijos en El Junquillo, donde se llevó a Paco. Siguieron como siempre, trabajando la tierra y durmiendo en la choza. El 19 de agosto de 1936 la Guardia Civil y los falangistas vinieron a buscarlos. Obligaron al niño a probar la comida por si acaso. Los ataron los dos al caballito pardo y los apalearon por el camino hacia el pueblo, insultándolos y amenazándolos. Pasaron por otra finca donde apresaron más campesinos y así llegaron a la cárcel que habían improvisado en el ayuntamiento.


El niño se orinó de espanto, caminando hacia lo que el creía también su muerte. Sin embargo, al no tener catorce años, lo dejaron marchar a su casa donde enfermó y se negó a ir a ver a su padre a la cárcel durante los cuatro días que se quedó en Paterna esperando el camión que los llevaría a él y sus compañeros de infortunio a la muerte.


De nada sirvieron las suplicas de Antonio para ver a su Paco, pues el niño seguía aterrorizado, negándose rotundamente en volver a la cárcel a ver a su padre. Más tarde Paco llegará a lamentarlo hasta su último soplo.


El 23 de agosto de 1936 el camión que había traído la imagen del san Bartolomé de Bollullos se llevó a los prisioneros camino a alguna tapia de cementerio. Antonio del Valle Bermúdez iba con ellos.


Hay un valor que surge de la desesperanza, cuando ya no queda nada que perder. Antonio subió al camión con el puño alzado al grito de «viva la república» y ese grito estremeció a medio pueblo.


Su mujer y sus hijos se vistieron de luto, pues sabían que jamás volverían a verlo. El 30 de agosto de 1936 llamaron de Almonte para informar de que habían detenido a Antonio del Valle. No cabía duda, cómo se iba a imaginar mi abuela Isabel que se trataba de su esposo si lo creía muerto desde el 23 de agosto, día en que se lo llevó el maldito camión. Entonces todos pensaron que se trataba del Antonio del Valle Menudo e Isabel tembló por su vida.


Entonces mi tio abuelo, conocido por «Parrón», hizo el camino a Almonte para enterarse de que en realidad se trataba de su hermano Antonio del Valle Bermúdez. Cuando volvió le dijo a mi abuela que ya no estaba… Esas palabras tenían su significado bien conocido de paredón, de fusilamiento, de cuneta o de fosa común.


Más tarde se entero la familia que Antonio había saltado del camión con un compañero de Escacena en las cercanías de Almonte. No tuvo suerte porque le alcanzó una bala en la pierna y tuvo que esconderse en la Dehesa de Almonte hasta que un guardia de campo, «El Blanco», lo denunció.


El resto lo podemos imaginar sin dificultad ninguna: se lo llevarían hacía la tapia del cementerio de Almonte donde le dispararon. Bajo lo que queda de la puerta del cementerio viejo, hoy parque público, yace el cuerpo de Antonio del Valle Bermúdez en la fosa común donde tiraban a los asesinados.


A pesar de sus trece años y del miedo que nunca más lo dejaría en paz, Paco siguió camino hacia el campo llevándole comida a los hermanos, bajo el estiércol en los serones de la mula. Por el pueblo, a veces, cruzaba uno de los asesinos de su padre y le oía decir tras una carcajada: «¡Qué lástima que no tuviera un añito más!»


Mi tío Antonio siguió la lucha hasta que no pudo más y pasó a Francia con la retirada, allí conoció los campos de concentración de la democracia. José estuvo escondido en Paterna y se rindió en 1939. Fue encarcelado durante varios años en los campos de concentración del franquismo, de Huelva a Almería hasta Algeciras. Se jugó la vida y sin el testimonio de gentes de bien no hubiese podido contarlo.


Cada uno llevó su vida como pudo, tratando de sobrevivir a tanta violencia y tanto odio. Paco se caso con Rosario y tuvo cuatro hijos. En 1964 emigraron a Bélgica, donde un accidente laboral pondrá un punto final a todos sus proyectos en junio de 1967.


Paco era mi padre. Llevaba el alma destrozada y la vida atormentada, marcado en forma indeleble por ese maldito día de agosto del 1936. Llevando a cuesta la culpabilidad de estar vivo mientras su padre había muerto. No se perdonó jamás el haberse negado a ir a verlo a la cárcel del ayuntamiento.


Soy la más pequeña de los nietos de Antonio del Valle Bermúdez y mis pasos me llevan hoy por el camino que pisó mi abuelo a ver hasta dónde me lleva su historia. Nunca encontré su partida de nacimiento. Pero al acordarme de que mi abuela tuvo que declarar su desaparición para sacar pasaporte en 1949, busqué en el juzgado la partida en la que consta que Antonio del Valle Bermúdez desapareció el 23 de agosto de 1936 de Paterna del Campo por causa «del glorioso movimiento nacional». Paso a paso he de seguir buscándolo porque estoy convencida de que ese 23 de agosto en el que se llevaron a Antonio seguirá acosando a nuestra familia con sus fantasmas hasta que podamos escribir toda la historia y rehabilitar su memoria.


Fuente: Todos(...)Los Nombres

30 abr 2012

Encarnación Magaña Gómez
Encarnación Magaña Gómez 

 Autora: Sofía Rodríguez López



 La única mujer fusilada en Almería Nació el 30 de Noviembre de 1921 en Tabernas, hija del jornalero José Magaña Rosa y Dolores Gómez Soriano, ama de casa. Desde muy pequeña quedo huérfana, tras morir su padre en un accidente laboral, el 22 de junio de 1922. Cuatro años después perdería a su madre en Almería, donde se habían trasladado para trabajar en una trapería. Fue adoptada entonces por Rafael García Montesinos y Epifanía Córdoba Tortosa, que les dieron sus apellidos y la llevaron a vivir a la calle Granada, 77. Allí se hizo popular, siendo recordada entre las vecinas como una beldad, vivaracha, inteligente y noble, que estudió hasta secundaria y pronto destacó por sus inquietudes políticas e intelectuales. 


 Su padre adoptivo falleció también en 1936, así que cuando estalla el conflicto, con apenas 15 años, la joven Encarnita coge las riendas de esa casa y de su propia vida. Ingresó primero en las Juventudes Libertarias, pasando a ocupar poco después los cargos de secretaria y presidenta interina de Mujeres Libres. 


 Con ellas realizó actividades de agitación y propagada, como el festival benéfico de Solidaridad Internacional Antifascista, en el Teatro Cervantes, o las visitas a los frentes de Granada para llevar prensa y comestibles a los milicianos. Pero al ser procesada por primera vez, en 1939, la unión marital a José Hernández Ojeda, pesó más que su propia carrera política. Él estaba inculpado como Delegado de Orden Público y Abastos, comisario político del batallón «Floreal», y amigo personal del dirigente del Comité de Presos, Juan del Águila Aguilera, «por lo que nada de particular tiene que si no fue inductora, por lo menos conociera cuantos asesinatos monstruosos se cometieron en esta provincial por aquellas amistades de su esposo». 


 Cuando el final del conflicto estaba cerca, Encarna se desplazó a Baza, sede del XXIII Cuerpo del Ejército republicano, con intención de huir juntos desde Alicante. En cambio, fue allí donde se produjo su separación definitiva, conduciéndolos a la prisión central de Orihuela y a Almería, respectivamente. Tras ser liberada, se refugió con Isabel Ojeda en el Barrio Alto, siendo de nuevo detenida en julio de 1939. En el registro domiciliario de la calle Granada encontraron cuartillas de propaganda de la CNT y un ejemplar de Solidaridad Obrera, donde se criticaba a Hitler y el bombardeo alemán de la ciudad. En casa de sus vecinas, María Díaz y Dolores Hernández, hallaron otros dos paquetes con libros, misivas y fotografías de militantes, que ella misma había reclutado en la capital y varios pueblos de la provincia. Hechos que le valieron la consideración de «peligrosa para nuestra España Nueva». 


 El 3 de agosto de 1939 pasaría por primera vez a la cárcel provincial de mujeres de Almería, por la Causa 10.292. Su actividad y compromiso anarquista, lejos de enturbiarse se acrecentaron, carteándose en clave con su compañero, condenado a muerte, y las imputadas María Cruz Soriano o Dolores Martín Palenzuela. Desde entonces, un grupo de almerienses coincidentes con Hernández Ojeda en Alicante, o con Encarnita en Gachas Coloras, mantuvieron vivo el Socorro Rojo, la organización de solidaridad y resistencia clandestina entre los presos políticos antifascistas y el exterior. Antonio González Estrella y Diego Molina, entre otros, se ocuparon de difundir las noticias que la BBC emitía sobre la II Guerra Mundial. Un extracto publicado en el diario gibraltareño El Campense, y que pasó a conocerse como el «parte inglés». 


 Cuando Encarnita fue puesta en libertad, en la primavera de 1940, aprovecharía su trabajo en la Papelería Inglesa del paseo de Almería para imprimir lo que las autoridades franquistas consideraron «propaganda subversiva». La empresa a la que, durante años, se entregó por completo, hasta ser detenida definitivamente el 24 de marzo de 1941. 


 El 28 de abril, otros 116 compañeros fueron inculpados por la Sumaria 1.319, el proceso que acabó con los sueños de libertad de ese grupo de jóvenes utópicos, obreros y profesionales, liderados por el estudiante Joaquín Villaespesa Quintana. 


 La sentencia dictada por el Tribunal Militar fue desmedida y ejemplarizante. El régimen de terror impuesto por la dictadura no estaba dispuesto a perdonar ni una sola muestra de disidencia, y el 18 de mayo de 1942, ocho de ellos fueron condenados a muerte en las tapias del cementerio. Allí sucumbió Encarna Magaña Gómez, en la madrugada del 11 de agosto, dando ejemplo de entereza, dignidad, y otro paso a la leyenda, como única mujer ejecutada en Almería. «Siete claveles blancos y una rosa roja».

23 abr 2012

MANUEL DE LA PINTA LEAL




Manuel de la Pinta Leal 
Autor:  Rubén Benítez, Santiago Moreno y Jesús Núñez 

El último alcalde de la II República en Cádiz

Se cumplen 75 años del asesinato de Manuel de la Pinta en los fosos de Puerta Tierra. A pesar del tiempo transcurrido se desconocen numerosos aspectos de su vida pública y privada. Un reciente estudio arroja luz sobre su persona y sus alcaldías.

La familia De la Pinta Leal

La familia paterna de Manuel de la Pinta provenía de Madrid. Manuel de la Pinta Castro –padre de nuestro protagonista-, quedó huérfano e inclina su vida profesional hacia una carrera militar. Hizo una ascendente carrera en el Regimiento de Infantería. En 1902 fue destinado a la Comandancia de Málaga donde conocerá a su esposa María de las Virtudes Leal y Pacheco, de familia adinerada. Contraerán matrimonio el 16 de julio de 1904 en Málaga. Tras la boda siguieron viviendo en dicha capital andaluza, donde nació en 1905 el hijo primogénito: Manuel de la Pinta Leal. En años sucesivos nacerían sus hermanas Ana y Rosalía. A inicios de la década de los años veinte Manuel de la Pinta Leal marchará para Cádiz a dar comienzo sus estudios de Medicina.

Médico y profesor de la Universidad

En 1927 acaba su licenciatura. Es entonces cuando para continuar el perfeccionamiento de los mismos, marcha a Madrid para ampliar su formación. Mientras tanto su familia se había trasladado de Málaga a Cádiz. Con apenas 23 años, Manuel de la Pinta Leal regresaba a Cádiz donde da comienzo su imparable vida profesional. A los pocos meses de estar trabajando en la clínica de Argüelles consiguió, a través de oposición, plaza de Inspector Municipal de sanidad. Era febrero de 1929. A finales de ese mismo año es nombrado, por la Universidad de Sevilla –y más concretamente en su sede de Cádiz de la Facultad de Medicina-, Médico de Guardia en el Hospital de Mora. Es en este momento cuando reanuda su vinculación con el mundo universitario ya que en los tres siguientes cursos será contratado como profesor Ayudante de clases prácticas de Patología Quirúrgica. Además tenemos constancia de que, a la par, llevaba su consulta médica privada en la calle San Pedro nº 1. Pero su labor profesional ocuparía un campo más: la política.

Las Juventudes Republicanas

La vinculación de Manuel con las ideas republicanas es anterior al derrocamiento de la monarquía borbónica, la cual vino de la mano de unas elecciones municipales en abril de 1931. Unas semanas antes, el 27 de marzo, Manuel presenta la instancia de creación de las Juventudes Republicanas de Cádiz. Durante la jornada electoral del 16 de abril su actividad, denunciando practicas ilegales por la oligarquía de la ciudad fue incesante. Nombrado Presidente de dicha entidad, su vinculación a las mismas se mantenía en junio de 1931, siendo ya concejal, como veremos ahora.

Concejal del Ayuntamiento de Cádiz

En Cádiz las prácticas caciquiles electorales, implantadas desde hacía décadas, sumaron gran cantidad de votos a la corrupta candidatura dinástica. De hecho Cádiz fue una de las nueve capitales de provincia, a nivel nacional, donde no ganó la candidatura republicana. Aquella noche del 14 de abril de 1931 en las calles de Cádiz se sabía la victoria republicana en el resto del país, por lo que se lleva a cabo una manifestación hasta la casa del líder del Partido Republicano Autónomo, Emilio de Sola Ramos. Así el presidente interino de la Audiencia, oyendo dichas reclamaciones, indica la creación de una Junta Municipal para gobernar en el Ayuntamiento. El 16 de abril de 1931 queda instaurado en Cádiz un nuevo cabildo municipal bajo el nuevo régimen republicano que en aquellos días veía la luz en España. Pero dicha corporación solo sería momentánea. Un mes después se convocaban nuevas elecciones municipales para aquellos municipios donde hubiera habido expedientes de protestas. Para dichas elecciones los republicanos y socialistas de Cádiz, decididos a barrer del mapa electoral todo símbolo del antiguo caciquismo, se presentan unidos bajo las siglas del PRA.

El acto de composición de la nueva corporación municipal, ésta sí elegida democráticamente ante las urnas, fue de gran solemnidad. Bajo mazas y con gran algarabía del público asistente, entraba la nueva Corporación. Así se dio lectura del acta de la Junta Electoral en la cual se daba a conocer que Manuel de la Pinta era el sexto candidato más votado. Aparece así, por primera vez, el joven De la Pinta representando al pueblo gaditano como octavo Teniente de Alcalde. Meses después, en la alcaldía de Enrique Álvarez López, De la Pinta será nombrado Cuarto Teniente de Alcalde. En estos meses, algunas de sus intervenciones más destacadas pudieron ser la condena de la dictadura primorriverista, así como distintas denuncias sobre los continuos casos de injusticia o corrupción que se habían dado en el Consistorio, o como el intentar renovar la Farmacia Municipal.

Alcalde republicano de Cádiz

En Junio, tras la dimisión de Enrique Álvarez, se aproxima la elección del nuevo alcalde. Tras una serie de reuniones entre los concejales de las distintas fuerzas políticas, se planificó que se elegiría a De la Pinta. La tarde del 10 de junio de 1932, por mayoría absoluta, fue votado por sus compañeros de corporación. En sus palabras de investidura indicó sus principales preocupaciones como eran el paro obrero o la vivienda, así como los proyectos inmediatos, la reconstrucción de las murallas o la disposición de la Zona Franca. Pero si bien Álvarez López, en sus palabras de despedida, se enorgullecía de dejar el ayuntamiento de Cádiz con uno de los créditos mejores de España, la gran crisis financiera que se venía arrastrando desde años anteriores, hacían presagiar, duros momentos para el nuevo alcalde y sus concejales. El ejemplo más claro los vemos en la industria gaditana, la cual al poco tiempo de la llegada a la alcaldía de Manuel de la Pinta, veía rebajada a la mitad su plantilla. A las complicaciones económicas se le sumarían las políticas. En este plano De la Pinta saldría airoso. Hablamos del fallido golpe de Estado de la noche del 10 de agosto, más conocida como la Sanjurjada. Manuel de la Pinta pasó toda la noche y la madrugada en su despacho de la alcaldía a la espera de las noticias del gobernador civil. Allí recibió todo tipos de apoyos y ánimos. Una vez conocidas las noticias del fracaso del golpe, a través del gobernador, el alcalde se retiró a su domicilio, no sin antes convocar una gran manifestación republicana para el día siguiente. La cual, recorrió las calles céntricas de Cádiz dando vivas a la República y exigiendo mano dura contra Sanjurjo y sus golpistas. Al llegar al Ayuntamiento, el alcalde Manuel de la Pinta ordenó que se iluminase el edificio y que la banda municipal tocase el “Himno de Riego”; hubo cánticos, más gritos contra los golpistas y a favor de la República y la manifestación terminó frente al Gobierno Civil donde una comisión de los manifestantes fue recibida por García Labella, enviándose un breve telegrama al Gobierno comunicando la adhesión de la ciudad.

Destitución como alcalde

Como consecuencia de la huelga de octubre de 1934 en Asturias se abrió un proceso contra los ayuntamientos gobernados por los republicanos-socialistas, entre ellos el de Cádiz. Así el gobernador civil Luis de Armiñán cesó a la corporación municipal elegida democráticamente, así como sustituyó a Manuel de la Pinta por Juan Antonio de Labra. Pero no quedaba ahí la represión ejercida por Armiñán. Se clausuraron sedes de partidos y sindicatos de izquierdas, así como se dictaminó cárcel para algunos de los dirigentes más importantes. De esta manera habrá que esperar a junio de 1935 para que se levante la orden de cierre que se había impuesto sobre la sede de Izquierda Republicana en Cádiz.

Alcalde del Frente Popular en Cádiz

La candidatura del Frente Popular se crea en Cádiz a finales de enero de 1936 en la Casa del Pueblo e incluirá a Socialistas, IR, Unión Republicana, Partido Comunista, Partido Sindicalista, UGT y autónomos. Así, las elecciones legislativas del 16 de febrero dieron en Cádiz la victoria al Frente Popular con más del 60% de los votos. El día 20 del mismo mes es restituido en su puesto de alcalde Manuel de la Pinta, junto con el resto de concejales que fueron suspendidos en octubre de 1934. Desde un principio las medidas de la nueva corporación fueron recibidas con muchos recelos y duras críticas por los sectores derechistas, que no habían encajado demasiado bien la derrota electoral. La educación será uno de los pilares de la política de la corporación. Argumentaba el munícipe que la construcción de grupos escolares ayudaría a mitigar el paro en el sector de la construcción. En los pocos meses del gobierno del Frente Popular varios fueron los hechos acometidos a favor de una mejor educación a todos lo niveles. Por ejemplo, a mediados de abril ya se habían cedidos los antiguos terrenos del Español FC –en el Campo del Sur-, para la construcción de una Escuela Normal y Residencia de Estudiantes. Otro ejemplo, y que va íntimamente ligado al tema del paro, era la planificación de la construcción de nueva Escuela Náutica en las inmediaciones de La Caleta. Sin duda, de estas decisiones, la más preocupante para el clero fue la medida de primar las escuelas laicas frente a las religiosas tomadas en marzo. La misma se materializó en la elevación al gobierno de la petición de ceder al Ayuntamiento los locales del Seminario para instalar veinte escuelas laicas.

Pero el fascismo se iba preparando para acabar con aquella situación en el país. El 15 de mayo Florentino Oitabén, concejal comunista, denunciaba ante la corporación la llegada de amenazas de muerte a algunos concejales. Las intimidaciones a los concejales del Frente Popular continuaron hasta el mismo día del inicio del golpe de Estado. Dichos días, Manuel de la Pinta no los vivió en Cádiz. Se encontraba en Madrid realizando unas oposiciones.

Trágico final

El destino quiso que Manuel de la Pinta Leal no cayera en la primera tanda de asesinados por los fascistas en la ciudad. Y es que debido a su participación en unas oposiciones a Catedrático, la última vez que acudió como alcalde a las sesiones había sido el 3 de julio. Al tener noticias de lo sucedido en el norte de África, le insisten desde Málaga para que permaneciera en la capital. Fuera como fuese De la Pinta coge el tren hacia Cádiz el mismo 18 de julio. A la altura de Alcolea el tren fue detenido y asaltado por falangistas y milicianos armados. El alcalde pasó desapercibido en aquel asalto al tren. Junto con otros pasajeros que no cayeron en manos de los sublevados, marcharon a Córdoba donde se alojó en el hotel Cervantes. Allí permanecería prácticamente dos meses. Poco sabemos de aquellos días vividos por De la Pinta. Entendemos que intentaría pasar desapercibido, aunque debido a la situación de guerra en la que se encontraba el país, decide llevar a cabo su profesión. Asistió a los heridos del refugio de la torre de la ermita de La Alegría. Deducimos que día que pasaba, día que se hacía más angustiosa su estancia en Córdoba por temor a ser reconocido.

Hasta la capital andaluza, y de camino al frente, llegaron desde Cádiz unos requetés, que a la salida de una misa lo reconocieron. Le siguieron hasta el hotel y allí fue detenido. Era 6 de septiembre. No sabemos que ocurriría con él desde ese día hasta el traslado a Cádiz en tren el día 26. A donde llegó acompañado por el capitán de la Guardia Civil Antonio Escuín Lois, el cual días antes, al enterarse por la prensa de la detención en Córdoba de Manuel escribió desde Écija al general Varela: “Con alegría leo en la prensa [...] ha sido detenido el canalla, bandido y sinvergüenza del último alcalde Socialista de Cádiz Manuel de la Pinta Leal [...] interés grande que tengo en fusilarlo [...] así pues te suplico, me concedas de acuerdo con mi General Queipo de Llano sea yo precisamente el que lo conduzca...”.

Cuando Varela la recibió, estaba ya en el frente de Madrid. Por lo tanto dicha misiva, al contrario que otras muchas posteriores de Escuín que también se conservan, no tuvo respuesta. No obstante dicho capitán pudo saciar en parte sus deseos de venganza, ya que consiguió de las autoridades rebeldes de Sevilla y Córdoba la autorización para conducirlo hasta Cádiz.

Las nuevas autoridades fascistas sabían de la popularidad del joven alcalde y decidirían liquidarlo lo antes posible. Sólo así se explica su rápida ejecución. A su llegada fue llevado preso al Castillo de Santa Catalina. Se le aplicó directamente el bando de guerra, sin formación de causa previa alguna, siendo fusilado por un piquete de la Guardia de Asalto que no pudo finalmente mandarlo el Capitán Escuín, como era su despiadado deseo, si bien si pudo presenciarlo. Al amanecer del 30 de septiembre moría en los fosos de Extramuros, convertidos en patíbulos de cientos de gaditanos en aquellos días, Manuel de la Pinta Leal. Es la familia de María Alba Medina, su compañera, la que se hace cargo del cuerpo y le dan sepultura en el cementerio de San José. Sus padres se enteraron del asesinato de su hijo días después por la prensa. Años después su hermana Ana es quien comprará el nicho en propiedad.

Su recuerdo

A duras penas, se mantiene el recuerdo de Manuel de la Pinta Leal en la ciudad donde desarrolló su labor como médico, profesor, concejal y alcalde. Aun así, a nuestros días han llegado retales del afecto con el que contó en vida. Tras la etapa oscura del Franquismo, en 1979 el primer gobierno democrático de la ciudad, formado por PSOE, PC y PSA, deciden dedicarle una Avenida, junto la desaparición de múltiples calles con nombres referentes a la dictadura y al golpe de Estado.

En los últimos años, y entendemos debido en parte al impulso tomado por el interés por la Recuperación de la Memoria Histórica, ha habido varios homenajes hacia su persona. Así en 2006 fue nombrado Hijo Predilecto de la ciudad por el Ayuntamiento de Cádiz, en cuyo acto se contó con la asistencia de su familia. Poco después era descubierta una placa en la casa donde pasó consulta durante la República. Y hasta relativamente hace poco tiempo, cada 30 de septiembre un grupo de veteranos republicanos de Cádiz se acercaban a su tumba y le rendían un sincero homenaje.

Esperamos que con este sencillo artículo se consiga ampliar la visión, hasta ahora muy desconocida, sobre Manuel de la Pinta Leal


9 abr 2012

MANUEL BARAS ARTÉS


Manuel Baras Artés

Manuel Baras Artés
Autora: Rosa Baras Gómez

Mi abuelo se llamaba Manuel Baras Artés y fue fusilado por los franquistas en las Puertas de Tierra de Cádiz en enero del 37. En el momento del golpe militar, él era el Jefe de la Guardia Municipal de Cádiz y creo que llevaba en ese cargo muy poco tiempo y que antes no había desempeñado ningún cargo público. Pero, según parece, los planes de los golpistas incluían una eliminación sistemática de una serie de cargos, entre ellos, los jefes de guardias municipales. Y, en todo caso, mi abuelo sí se significó en su vida privada por una actitud progresista y republicana.


Era masón, de la logia de Hiram, según he podido saber ahora por los documentos que me envían los historiadores (a quienes, dicho sea de paso, les agradezco enormemente su trabajo) y miembro del Partido Radical, aunque, según he oído, prácticamente todos los masones tenían la consigna de afiliarse a ese partido.


Era, como he dicho, de mentalidad progresista, y eso le debió de hacer chocar más de una vez con las fuerzas conservadoras de la ciudad. Un hecho que creo significativo es que, allá por los años 20, echó de su casa al cura que se presentó allí, sin que nadie le invitara, cuando murió su mujer, mi abuela. Nadie había llamado al cura, por lo que creo que mi abuelo tenía razón, más cuando decían que lo había hecho bastante educadamente, pero supongo que acciones como esa, que debió ser muestra de su actitud general de manifestación pública de su agnosticismo, debieron de pesar bastante en su destino cuando llegó el golpe. En el otro extremo, también he oído que, ya en los meses del Frente Popular, mi abuelo avisó a la parroquia cercana de que esa noche podían intentar quemar la iglesia, para que salvaran lo que pudieran.


Yo creo que las dos acciones unidas definen bastante la personalidad de mi abuelo. Por lo que me contaba mi padre, y por su propia forma de ser, que yo creo que estaba bastante influida por la educación que recibió. Mi abuelo debía de ser un liberal progresista, que tenía como principios básicos que nadie era más que nadie, que cada cual debía poder pensar y vivir según sus principios y que todo el mundo tenía, juntos a sus derechos, sus obligaciones, derivadas fundamentalmente del respeto a los demás y que se debían cumplir escrupulosamente. «Era muy recto», decía mi padre siempre. La honradez, la palabra dada, el respeto al pensamiento ajeno... parece que eran valores fundamentales en su vida. Debía considerar la educación un camino esencial para esa sociedad más libre que pretendía y a mi padre, cuando tenía 8 años, segunda mitad de los años veinte, lo apuntó en los exploradores y en clases de inglés. En el poco tiempo que fue jefe de la Guardia Municipal, parece que una de las normas más rigurosas que impuso fue que ningún guardia podía aceptar regalo alguno, por mínimo que fuera.


Mi abuelo nació en Gijón, pero creo que era un representante genuino de un tipo de familia del Cádiz de aquella época, pues su padre era marino mercante y toda la familia se trasladó a Cádiz porque era el puerto donde el barco en el que estaba, que hacía rutas transatlánticas, hacía escala.


Imagino que ese ambiente familiar contribuyó a que mi abuelo tuviera una visión bastante abierta del mundo. Ya adulto, viajó dos veces a Cuba, y en la segunda ocasión, ya con su mujer (mi abuela) y sus tres hijos, se instaló allí una buena temporada, en Camajuaní, según he oído siempre, y parece ser que, como suele decirse, «hizo las Américas», aunque fuera modestamente, pues al cabo volvió a Cádiz y montó varios negocios, de los que sé que uno fue una bombonería y otro, una tienda de importación y exportación de bacalao que se llamaba «La casa Escocia». No sé cómo se desarrollarían las cosas para que, en el momento del golpe militar, él fuera el jefe de los municipales, pero parece que su trayectoria profesional en Cádiz fue fundamentalmente como comerciante.


En el momento del golpe militar, según he oído siempre, mi abuelo acuarteló la guardia municipal en el ayuntamiento para defenderlo, pero no hubo ningún enfrentamiento armado porque enseguida tuvieron noticias de que el golpe había triunfado militarmente en Cádiz y era inútil cualquier resistencia de la guardia municipal. Después he sabido también que, durante el acuartelamiento, mi abuelo desarmó a los guardias que no creía fieles a la república.


Parece que enseguida fue detenido, aunque, por otra parte, también he oído siempre que sus hijos, de 18 a 21 años en esos momentos, le dijeron que se fuera a Gibraltar y que mi abuelo respondió que él no había hecho nada por lo que tuviera que huir a ningún sitio. Esta respuesta: «yo no he hecho nada por lo que tenga que temer nada», he sabido después que la dieron otras muchas víctimas del golpe militar. Y lo que muestra, para mí, es que la violencia que desataron los golpistas, la masacre que hicieron, era inimaginable. Nadie, o muy pocos, sospecharon el salvajismo, los asesinatos, el aniquilamiento que estaba por venir. Por eso pillaron a mucha gente en sus casas o incluso entregándose a los rebeldes. También, lógicamente, debía influir la situación familiar de cada uno. Mi abuelo era en ese momento el único sostén de una familia de tres hijos, una abuela y una tía, porque mi abuela, su mujer, ya había fallecido años antes.


Tras su detención, empezó para mi abuelo un periplo por cárceles varias: cárcel de Cádiz, castillo de Santa Catalina, Penal del Puerto... Mi padre, el menor de los hijos y el único varón, le llevaba muchas veces el cesto de comida, ese que en muchas ocasiones fue el motivo de saber que el detenido en cuestión había sido fusilado, con la frase del carcelero de: «esa persona ya no necesita esta comida». Con mi abuelo fue igual: alguien le dijo a mi padre en la calle, cuando iba con el cesto, que ya su padre «no lo necesitaba».


Muchas cosas me han contado de ese periodo en el que estuvo detenido. Según mi tía mayor, Varela, uno de los generales golpistas, que era de San Fernando, le prometió que a mi abuelo no le pasaría nada mientras dependiera de él, por lo que mi familia pensaba que la orden del fusilamiento probablemente llegó de Sevilla.


Mi padre, un muchacho joven y atrevido en esa época, hablaba con quien podía. Según él contaba, a veces recibían en su casa llamadas anónimas que les aseguraban que su padre iba a ser fusilado esa noche. En una de esas ocasiones, mi padre se fue de madrugada a la plaza de toros, uno de los lugares de fusilamiento, y vio los de esa noche. Pero alguien le vio a él también. Sin descubrirlo públicamente, se le acercó y le preguntó que estaba haciendo allí. Y mi padre le contó lo que le habían dicho: que su padre iba a estar esa noche entre los fusilados. El otro le dijo que no y que, por su bien, no debía hacer nunca más lo que había hecho esa noche, porque le podía costar muy caro.


En otra ocasión, un nuevo rumor de que el fusilamiento era inmediato, le hizo ir a la casa del nuevo jefe de los municipales, que le recibió, pues, como ha pasado en tantos sitios, estuvieran tras el golpe en un bando o en otro, en Cádiz casi todos se conocían e, incluso, podían haber sido amigos. Ante la insistencia de mi padre de que hiciera algo porque iban a fusilar a su padre esa noche, el nuevo jefe de los municipales le enseñó una lista de nombres, la de los que sí serían fusilados, y le dijo: «¿Ves el nombre de tu padre ahí? Pues vete tranquilo, entonces. Pero no vuelvas más ni digas a nadie que te he enseñado la lista».


También recuerdo la historia de que, en otra ocasión, alguien le informó de que iban a trasladar a su padre del penal de El Puerto a Cádiz tal día, a tal hora, y que, si estaba entonces en la estación de tren, lo podría ver pasar. Allá fue mi padre y, efectivamente, cuando llegó el tren de El Puerto, lo vio bajar escoltado por dos guardias. Mi padre procuró pasar desapercibido hasta que lo tuvo cerca y, entonces, se dejó ver y lo llamó. Según mi padre contaba, mi abuelo, que iba desaliñado y parecía haber envejecido años, le miró como sin entender y, todavía con voz incrédula, le llamó por su nombre: «Paquito». E inmediatamente después, ya con mucha más energía: «¿Y las niñas, cómo están?», refiriéndose a sus hijas. Mi padre contaba que nunca se le había quebrado tanto la voz y nunca había hecho tanto esfuerzo para que no se le notara y que le respondió: «Bien, papá. Todos estamos bien»; que su padre hizo ademán de acercarse pero que los policías que le custodiaban lo agarraron por los brazos y se lo llevaron y que a él uno de ellos le dijo que se fuera inmediatamente de allí. Muchas de las andanzas de mi padre en esos días las hacía junto al hijo de un vecino de su misma edad cuyo padre también estaba detenido.


He sabido después que hubo un juicio, aunque nunca oí a mi padre hablar de él. El juez instructor, hoy lo sé, se llamaba Ángel Fernández Morejón, y ese nombre, aunque no en boca de mi padre sino de otros familiares, sí que lo he oído en mi casa.


Sí he sabido siempre que a mi abuelo lo mataron junto con Corripio, que era un concejal del ayuntamiento republicano. Yo he ido muchas veces con mi padre, de chica, al cementerio, adonde el iba con regularidad a visitar las tumbas de su madre y su padre y también, siempre, la de D. Manuel de la Pinta, el último alcalde republicano de Cádiz, también fusilado. Y en una de esas visitas, no sé cómo se pudo dar, mi padre vio una sala abierta del cementerio y me dijo: «Mira, en esa sala, en una camilla, pusieron a mi padre una vez muerto hasta que lo enterraron». Es decir, nosotros somos uno de los casos en que siempre hemos sabido dónde estaba mi abuelo, aunque ha sido en estos tiempos cuando me he enterado que no figura como fallecido en el Registro Civil, con lo que, a efectos legales, es un «desaparecido».


Mi abuelo era conocido en Cádiz y, según parece, no fueron pocos los que ayudaron a la familia una vez él fue fusilado. No sé quien incluso le puso una esquela en el Diario de Cádiz, con su cruz y sus bendiciones correspondientes (no creo que le hubiera gustado mucho a mi abuelo, pero supongo que la habría dado por buena si ayudaba a su familia a salir adelante). Entre la gente que les ayudó, mi padre siempre nombraba «a la de Ibisson», dueña de una empresa de transportes, que le dio un trabajo de cobrador. Mis dos tías se colocaron de telefonistas en un hotel, creo que en el Atlántico. Mi bisabuela perdió la cabeza y se escapaba por las noches para buscar a su hijo. Al poco, llamaron a mi padre a filas, en el ejército golpista, y, según él contaba, mis tías le decían que no «hiciera locuras» (pasarse al otro bando), porque ellas seguían allí, con su abuela y su tía. Y así transcurrieron las cosas. Mi padre hizo la guerra con los nacionales, aunque se mantuvo como soldado raso, a pesar de que le ofrecieron ascensos por ser bachiller. Y mis tías siguieron en Cádiz, manteniendo a la familia: la abuela y la tía, con sus trabajos de telefonistas. Les quitaron todo lo que tenían de valor, pero no la casa, porque estaba a nombre de mi bisabuela. Contaban que, en el requisamiento que hicieron en su casa, le pidieron a uno que se llevaba un marco de plata que les dejara la fotografía. También decían que no faltó gente en la calle que les gritara que eran hijas de un fusilado.


Al volver de la guerra, mi padre estuvo colocado en «Abastos», según lo llamaba él. Pero en un determinado momento, ya con familia propia, lo echaron junto con otros, según he oído difusamente, porque había que colocar a inválidos de guerra. Como mi padre tenía el título de maestro, montó un colegio privado y así se ganó el resto de su vida, sabiendo por el cura del barrio, que se lo contaba, que, de vez en cuando, la policía pedía informes suyos.


Creo que yo siempre he tenido interiorizado que nosotros éramos de «los perdedores», no sólo por lo que yo ya sabía de mi abuelo, sino por los comentarios que mi padre me hacía en ocasiones. Una vez, por ejemplo, en la plaza de abastos de Cádiz: «Mira, a ese le mataron a un hermano. Pero esto no se puede contar por ahí». O cuando yo me fui a estudiar a Madrid, ya en los años 70, y me decía a veces: «Ten cuidado con lo que haces, que ya sabes que yo podría tener problemas con el colegio». Pero, a la vez que digo esto, digo que me he criado en la idea de que nosotros podíamos ir con la cabeza más alta que nadie, porque mi abuelo había muerto por sus ideales y los «otros» eran unos dictadores fascistas.


Hará cosa de diez años, con motivo del cierre del cementerio de Cádiz, fuimos a sacar los restos de los nichos de nuestra familia y, una vez hecho, el sepulturero, con discreción nos dijo: «¿Hubo alguien aquí que muriera de muerte violenta?» Mi madre, que no es hija sino nuera de mi abuelo fusilado, pero a la que le duele y le indigna su muerte como si hubiera sido la de su propio padre, le contestó muy reivindicativamente que sí, que su suegro, al que habían fusilado en la guerra por ser republicano. El sepulturero, entonces, cogió un cráneo con un agujero en un lateral y nos dijo señalando el agujero: «Pues miren, éste es el tiro de gracia. Ya he visto muchos así y, aunque ustedes me hubieran dicho que no, sé lo que esto significa».


Mi padre llegó a vivir bastantes años en democracia y tuvo la satisfacción de ver el fin de la dictadura y la llegada de un gobierno socialista. Pero en lo que se refería a su padre, él no vivió ningún cambio social, ningún tipo de reconocimiento ni dignificación ni de su padre como víctima de la dictadura, ni de él mismo, «víctima» también toda su vida de ser «hijo de rojo», como se solía decir. Y llegó al final de sus días viviendo esa tragedia exactamente igual que la había vivido en el franquismo y que el propio franquismo le había impuesto: un drama suyo, personal, que le acompañaría siempre pero que, socialmente, «no existía» y era obligado olvidar

4 abr 2012

MARIA LUISA RENDÓN MARTEL

María Luisa Rendón Martel


María Luisa Rendón Martel
Autor: José Luis Gutiérrez Molina


María Luisa Rendón, ¡no vas a ser liberada, confórmate con que no te fusilen!» Eso fue lo que le dijo, según declaró María Luisa Rendón, el falangista portuense José María García Quintanilla, sub-jefe de las milicias cívicas, una vez que fue a visitarla a la cárcel. Para los sediciosos la prisión era el castigo menor que debían sufrir personas como ella que se habían saltado todas las convenciones sociales y que, además, habían colaborado, intelectual y materialmente, a llevar a las masas a la situación de «anarquía» en la que se encontraba el país hasta su intervención. Sin olvidar su condición de mujer, que había influido para que otras mujeres se insubordinaran a la vez. Como en el caso de su hermana Milagros, fusilada el 31 de agosto de 1936, iba a pagar por su compromiso político, ser familiar de dos destacados comunistas y haber actuado ella misma como agitadora política y cultural. No le quitaron la vida, pero tuvo que sufrir diversas humillaciones y vejaciones. Además de permanecer, al menos, 6 años en diversas cárceles franquistas.


María Luisa, de 29 años e hija del dirigente comunista gaditano Francisco Rendón San Francisco, estaba casada desde 1927 con Daniel Ortega Martínez, el médico nacido en un pueblo burgalés, que al terminar sus estudios de medicina en la facultad de Cádiz se había instalado en El Puerto de Santa María. Militante de primera hornada del PCE, desde 1932 era miembro de su Comité Central y en 1936 salió elegido diputado por la provincia gaditana. Ortega no pudo ser detenido y, en Madrid, ejerció diversas funciones políticas y militares hasta la victoria bélica franquista. Entonces fue encarcelado, enviado a Cádiz, enjuiciado y fusilado el 7 de agosto de 1941. Por los mismos días en los que, cinco años antes, había sido asesinado su suegro.


María Luisa fue detenida el 25 de julio de 1936. Aunque desde dos días antes ya estaba bajo arresto domiciliario en su casa de El Puerto de Santa María. Como prácticamente todos los detenidos desde julio de 1936 y, al menos, hasta marzo de 1937 su destino estuvo sometido a la decisión particular de sus encarceladores. No es que después tuvieran la oportunidad de recibir justicia, pero hasta ese momento ni siquiera la mayoría tenían las formalidades de la jurisdicción militar a la que decían representar a pesar de su sublevación y expulsión del Ejército por las autoridades competentes en ese momento: las del régimen constitucional republicano.


De esta forma puede considerarse que estaban secuestrados en centros de detenciones ilegales, especies de checas, hasta que las autoridades sediciosas, los «tribunales de sangre» que se formaron en las poblaciones ocupadas o las Delegaciones de Orden Público y Comandancias militares decidieran su destino. El de María Luisa Rendón parecía que iba a ser, como el de su padre y hermana, el paredón de ejecución. Así llegó a confesárselo a Isidora Abrizqueta, la madre de los falangistas portuenses hermanos Zamacola. Sin embargo una serie de circunstancias se cruzaron para que llegara con vida a la primavera de 1937. En ese momento ya se había puesto en marcha el control exclusivo por la Justicia Militar sediciosa de todos los detenidos existentes y la apertura de los correspondientes procedimientos.


El de María Luisa Rendón llevó el número 210/37 de los abiertos por el Consejo de Guerra Permanente de Cádiz ese año. Lo fue el 17 de mayo y la instrucción la realizó Fernando Wilhelmi Castro, uno de los habituales encargados de poner en marcha la justicia al revés golpista en Cádiz. A las diligencias se les anexaron todas las gestiones que durante los meses anteriores había realizado ante la Delegación de Orden Público y el Gobierno Civil. Entre ellas las diversas instancias que presentó para que le autorizaran sacar dinero de la cuenta que poseía en la banca Aramburu con el que mantener a sus hijos ingresados en la casa Cuna. La primera está fechada el 16 de noviembre de 1936 y la última el 5 de mayo de 1937. En alguna de ellas, la de 21 de diciembre, llegó a pedir su libertad para atender a sus hijos y cumplir sus deberes de madre. Estaba arrepentida de su conducta anterior y volvía a cumplir los preceptos religiosos. ¿Qué estaba pasando?


Una posible respuesta la encontramos en la declaración de Antonio Ochoa Manchado, párroco de la Iglesia Parroquial Prioral de El Puerto de Santa María. Dijo el cura que en el otoño de 1936, a petición del comandante militar Luis Martos Peña, había visitado en diversas ocasiones a María Luisa Rendón con la finalidad de «evangelizarla». Podría no extrañar la inquietud espiritual de la entonces máxima autoridad de la población habida cuenta del estrecho lazo existente entre la cruz y la espada por aquellas fechas. Sin embargo no parece que esas fueran sus últimas intenciones. De momento la relación entre María Luisa y el párroco y las intenciones ocultas del comandante garantizaban su seguridad. De hecho Ochoa le debía que, en abril de 1936, María Luisa le avisara, por medio de una hermana de una sirvienta suya, de que iban a asaltar la iglesia Prioral y quemar la imagen de la virgen de los Milagros, la patrona de la población. Gracias a ello cuando, en efecto, unos días después unos grupos asaltaron la iglesia, la estatua pudo salvarse al estar ya oculta en sitio seguro.


Así que Ochoa visitó en diversas ocasiones a la presa a la que fue convenciendo que debía bautizar a sus hijos por su seguridad y la de los suyos. María Luisa, que veía como la situación era grave, fue accediendo e, incluso, solicitó al sacerdote que recogiera las pertenencias de su hermana asesinada hasta que ella pudiera hacerse cargo. Ella misma, en agosto, había recogido las de su padre asesinado. En esa ocasión fueron las mismas autoridades sediciosas las que se las entregaron. Para entonces había comenzado a padecer la persecución de Martos, que no se contentaba con salvarla espiritualmente sino que parece que quería conseguirla como botín de guerra. Eso era lo que el párroco había denominado ante el juez «últimas intenciones del Comandante».


María Luisa había ocultado lo que ocurría en su primera declaración ante Wilhelmi. En ella negó que participara activamente en las manifestaciones comunistas. Que sólo lo hizo dos veces obligada por las peticiones de un grupo de mujeres y que no estaba afiliada a ningún partido. Además añadió que había tenido diferencias conyugales con su marido a causa de sus actividades políticas. El proceso de anulación de la personalidad de la detenida para poder acomodarse a la situación a la que le llevaba la represión pasaba por los más inhóspitos caminos.


Declaración que contrastaba con las que personas de «reconocida solvencia moral», como Joaquín Rufoni Suárez y Felipe Lamadrid Gutiérrez hicieron sobre ella. Era una activa comunista, hija, esposa y hermana de significados militantes. Tenía una especial influencia sobre las mujeres a las que adoctrinaba en la Casa del Pueblo y con las que participaba uniformada en actos y manifestaciones. El primero, aunque reconoció que no lo podía justificar, afirmó que era la organizadora de unas excursiones a la playa de Fuentebravía en las que, hombres y mujeres, formaban una especie de «colonia del amor libre». Así que a la maldad política y social se le añadía la de reducirla a una defensora de la promiscuidad sexual y, por tanto, a perder la condición de mujer respetable. De ahí a que Luis Martos pensara que todo el monte era orégano, de grado o por la fuerza, sólo había un paso. Al parecer quiso darlo durante el verano y el otoño de 1936. Aunque según una denuncia anónima en 1937 no fue el único.


Entre esta primera declaración y el día 9 de junio María Luisa decidió implicar al párroco Ochoa. O supo de sus intenciones de denunciar lo ocurrido. El caso es que solicitó ampliar la declaración y en ella contó lo de la gestión de la imagen y que le escribía para liberarle del secreto al que le había obligado. Ante unas fotografías que le mostró Wilhelmi en las que aparecía como figura principal en una manifestación y en el patio de la Casa del Pueblo, intentó salir por la tangente afirmando que no vestía de uniforme, aunque lo pareciera por los colores, y que si tenía ese protagonismo lo era por ser la esposa de Ortega, el diputado comunista. También consideró que las insinuaciones sobre lo ocurría en la playa eran falsas. A ellas iban con sus hijos.


Ochoa no tardó en responder que era verdad lo que decía María Luisa Rendón. Así que cuando fue llamado a declarar el 24 de junio no sólo confirmó las presiones de Martos sobre la acusada sino que dijo que Quintanilla estaba al corriente y que también era vox pópuli en El Puerto. Como pruebas de lo que decía aseguró que Rendón le había contado dos escenas de acoso sexual de Martos y una carta. A partir de entonces, declaró Ochoa, procuró evitar que el comandante lograra sus objetivos, lo que le granjeó su enemistad.


Dos días después era María Luisa la que declaraba. Retrocedió a aquellas semanas de hacía casi un año. Habían sido falangistas los que el 25 de julio la habían trasladado desde su casa a la Prisión de Partido. A punto de cumplirse un mes, el 24 de agosto, se presentó en la cárcel Domingo Zamacola quien le dijo que iba a llevarla a la comandancia ante Martos. Cuando llegaron fueron a su despacho en donde le dijo que el Gobernador Civil le había dicho que hiciera con ella lo que quisiera. Le enseñó una lista con los nombres de los que había decidido matar. Entre ellos el suyo. A continuación le dijo que como la estimaba mucho iba a ponerla en libertad. Entonces ella, que padecía del corazón, comenzó a ponerse indispuesta y Martos la llevó en su propio coche a la prisión. No sabemos más de lo que pasó en el despacho. El caso es que a la mañana siguiente de nuevo el propio Martos fue a la cárcel de mañana, la recogió y la llevó a su domicilio en la calle Santa Lucía, donde la dejó no sin advertirle de que se no moviera de esa casa.


¿Qué pasaría por la mente de María Luisa Rendón?, ¿trató de poner tierra por medio?, ¿era verdad la excusa que dio? Lo cierto es que, esa misma tarde pretextando que uno de sus hijos estaba muy enfermo en casa de una de sus sirvientas en donde estaban acogidos, llamó a Domingo Zamacola y le informó de que iba a salir. Cuando estaba con su hijo se presentó un sargento pidiéndole las llaves de su casa, ya que iba a proceder a incautar un aparato de radio. Entonces, suponiendo que Martos iba a enterarse de que había quebrantado su orden, volvió a llamar a Zamacola y le dijo que temía que el comandante tomara represalias. Fue éste, a través de su madre, quien le ofreció la protección de su domicilio. Allí permaneció durante un día. Por la noche volvió a su casa. Al día siguiente volvió a ser detenida. Ahora por la Guardia Civil que la condujo a la Prisión Provincial de Cádiz.


¿Qué hay detrás de esta rocambolesca historia en la que el comandante militar lascivo se enfrenta a un caballeroso falangista, como definió en su declaración María Luisa la actuación de Domingo Zamacola? ¿Cómo casa con la denuncia de 1937, citada por Fernando Romero, en la que es precisamente a Domingo Zamacola al que se le acusa de sacar a María Luisa de la cárcel y «liarse» con ella? Una situación que sólo terminó cuando la propia madre de Zamacola lo denunció ente la Comandancia Militar para exigir que saliera aquella mujer de su casa. No lo sabemos. En Cádiz, en efecto se tomaron en serio las denuncias, no sólo contra Domingo Zamacola sino también contra sus hermanos Fernando y Alejandro, y encargaron a Nicolás Chacón Manrique de Lara que realizara una información. Interrogó a Domingo y a su madre que negaron la acusación. Reconocieron conocerla ya que Daniel Ortega había atendido a la familia en diversas ocasiones. María Luisa se había entrevistado con él una única vez para pedirle que procurara que sus hijos no fueran al Hospicio. Petición que también le hizo a la madre.


Fue entonces cuando acudió a su casa llorando, diciendo que la iban a fusilar y pidiéndole que se quedara con sus hijos. Isidora Abrizqueta reconoció que llamó a la Comandancia Militar pero sólo para prevenirles de que tenía la impresión de que María Luisa buscaba ocultarse en su casa, a lo que ella no estaba dispuesta. Como terminó marchándose no volvió a avisar. Chacón no dio mucho crédito a la denuncia o prefirió obviar el tema porque en su auto resumen no hizo referencia a este asunto. Quizás, como escribió alguien en Sevilla, junto al nombre de Garrigós, el delegado de orden público, al margen de la información sobre las irregularidades en El Puerto de Santa María ¿quién se encargaría de esto?


Fuera como fuere el hecho es que, en el otoño de 1936, Martos procuró hacerle la vida imposible a María Luisa. La aisló de su familia, le intervino la correspondencia y hasta se desplazó a Cádiz para recriminarla, amenazante y entre insultos, que parecía que no había entendido que el único que mandaba era él y que no podía contravenir sus órdenes. Por dos veces escribió al gobernador pidiéndole su traslado de nuevo a El Puerto para estar cerca de sus hijos. Finalmente, el 28 de septiembre de 1936 ingresó de nuevo en la prisión portuense.


Esa misma noche, hacia las 23 horas, fue entregada a Martos, que la esperaba con una pareja de guardias civiles en un auto. A pesar de que preguntó no le dijeron a dónde iba hasta que, ya subida en el coche, el comandante ordenó al conductor que fuera al Penal. Al llegar al patio sufrió un ataque y se desvaneció. Cuando despertó se encontraba de nuevo en la prisión. Durante los días siguientes fue el coche en diversas ocasiones a recogerla y llevarla a la comandancia en donde Martos le hizo diversas insinuaciones faltas de caballerosidad que indicaban a bien claras sus intenciones. Finalmente, el 6 de noviembre fue trasladada a la Prisión de Cádiz, en donde permaneció hasta la celebración del consejo de guerra en julio de 1937.


El estremecedor relato de las presiones, amenazas, humillaciones, acoso y vejaciones sufridas por María Luisa fue rematado con un último esfuerzo por aparecer a los ojos de sus verdugos lo más cercana a ellos. Ya se sabe que, más importante que la verdad o la justicia, en estas situaciones lo más importante es aparecer que se es «uno de ellos». Así que si su padre casi le había obligado a casarse con Ortega por ser de su misma ideología, los conflictos con su marido habían sido numerosos por chocar sus ideas disolventes con la formación religiosa que ella había recibido. Su cuñado José, el viudo de Milagros, lo sabía. A la humillación del acoso sexual, al rumor de que se había liado con uno de sus verdugos y a la detención física se le añadía la necesidad de renunciar hasta sus más íntimos pensamientos y deseos. Tenía que disolver por completo su personalidad.


José Rubio Quintana compareció unos días después ante el nuevo instructor, Francisco de Paula Valera Sainz de la Maza, que había sustituido a Wilhelmi de gira por la provincia para celebrar vistas de diversos consejos. Confirmó las divergencias de María Luisa con su esposo y relató cómo Francisco Rendón había obligado a regresar a El Puerto a su hija diciéndole que antes que su mujer y sus hijos estaban sus ideas. A fin de cuentas, su padre ya había sido asesinado y su marido estaba lejos y no estaba segura de que volviera a verlo.


La destrucción de la personalidad de sus enemigos, su invisibilidad, el no considerarlos siquiera humanos alcanzaba sus últimos objetivos. Tenían que interiorizar su propia negación. La victoria se asentaba no sólo sobre los cementerios físicos sino también los personales. En el caso de la familia Rendón costaría la eliminación física de tres de sus miembros y la personal de los otros dos. Simbólicamente la declaración de Rubio cerró la instrucción del sumario. Al día siguiente le fue asignado defensor, Adolfo Gutiérrez García, y el 2 de julio comparecía ante Rafael López Alba y otros tres oficiales sediciosos. Otro habitual en la justicia de estos meses, José Antonio Tabernilla Oliver, ejerció de ponente en la vista. El fiscal Alberto Llamas García pidió 12 años de condena por excitación a la rebelión en base al artículo 240, 2º párrafo del Código de Justicia Militar que hacían suyo los sediciosos y el artículo 4º del Bando de Guerra de 18 de julio de 1936.


Por el acta, la vista fue un mero trámite en la que cada actor representó su papel de forma rápida y aseada. María Luisa Rendón no hizo uso de la palabra. Lo único destacable es que el fiscal pidió, además de la condena de la acusada, que se abrieran diligencias para averiguar y depurar determinadas conductas que aparecían en el sumario. Una clara referencia a las acusaciones del párroco contra Martos. Quizás de ahí proceda la denuncia contra Domingo Zamacola y la apertura de la información a comienzos de agosto de 1937.


La sentencia la condenó a los 12 años pedidos por el fiscal por considerarla un activa dirigente extremista, por organizar la agrupación femenina de la UGT, por destacarse y vestir de uniforme en las manifestaciones y por alentar y ejercer coacciones en las huelgas. Además existía el agravante de la clase social a la que pertenecía y la cultura que poseía. Las había utilizado para llevar a la sociedad por derroteros anárquicos que había producido incendios de edificios religiosos, el descontrol de las masas liberadas de cualquier freno moral y la revolución marxista que el Ejército se había visto forzado a dominar.


Por lo que sabemos durante al menos 6 años María Luisa Rendón estuvo en las prisiones franquistas. Primero en la de Cádiz, después en el penal de El Puerto de Santa María y, finalmente, en las de Gerona y Barcelona en donde se encontraba en junio de 1942. En una de ellas conocería que su marido había sido también pasado por las armas.