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27 oct. 2012




Los paraguas tienen vida propia
Por Peter Magnus

Y si no: ¿dónde dejamos siempre el paraguas?
En la tienda, en la oficina, en el bar…

Los paraguas aparecen y desaparecen según la situación pluviométrica del lugar.
No recuerdo haber comprado jamás un paraguas, sin embargo, en el paragüero de la entrada de casa, hay al menos, cinco, o quizá seis.
Están los sobrios y de color negro como si fuesen a ser usados en un funeral, a juego con la enlutada concurrencia. Luego, también, están esos pequeños, casi de bolsillo y de colorines, a veces, tan desagradables y mediocres como un hule en una mesa de comedor. Y esos que a simple vista parecen estar en la mejor etapa de sus condiciones y cuando se abren están agujereados o, como a casi todos los paraguas les sucede, tienen una varilla dirigida hacia el ojo del portador.

Y luego está la aventura de ir sorteando a los transeúntes que portan, al igual que uno, el dichoso inventito: el uno choca con el zutano, el mengano con el fulano, el menganito con el de más pallá y si uno queda invicto de batalla similar es por pura chamba. Y el resultado final no es otro que el haberte calado hasta los huesos, a pesar de haber llevado abierto el insigne instrumento inventado para cubrir de la lluvia a los indefensos paseantes.

Pero lo peor viene cuando el paraguas cobra vida, cuando se desplaza de un lado para otro, de una mano a otra, de una casa a otra con total libertad y yo diría que hasta con un posible asomo de libre albedrío. ¿Intolerable?, no sé, o quizá ¿cómico?, eso es: de una comicidad escalofriante, si lo cómico puede definirse de ese modo; y si no, pues que sí, que la comicidad del objeto es cuando menos curiosa. Qué irá buscando el condenado para ir pasando de un lugar a otro con ese menoscabo al apego de sus portadores/as. Sabedores/as los últimos/as de que en su viaje habrán de afrontar la pérdida de cientos de estos objetos antilluvia, que no antidiluvianos, porque por entonces el paraguas todavía no había tenido el privilegio de existir ni él ni su creador, que ahora que lo menciono me pregunto que cómo se llamaría el susodicho: Enrique Par Aguas, o Varilla Descoyuntada Oxidada, no quedará mi curiosidad insatisfecha porque me dispongo a averiguar el nombre del lumbreras que hizo posible que, ante los días lluviosos, ya no tuviésemos miedo a mojarnos, al menos directamente y como es acostumbrado, desde arriba hacia abajo. Así que como todo lo que se inventa, con el curso del uso y el desuso, y por supuesto, con el ritmo evolutivo de las especies, que no especias, el paraguas ha ido mutándose hasta convertirse en un objeto con capacidad de libre albedrío y movimientos propios.

Pero ¿por qué estaré yo malgastando mi tiempo en escribir sobre ese condenado elemento? Me llamó la atención hace unos días que en casa, en el paragüero apareciera un paraguas tipo, o modelo, chino. ¿Cómo había llegado desde la China? No lo sé y al parecer tampoco lo sabe mi mujer. Pero el que más me ha llamado la atención después, tras la desaparición misteriosa del paraguas chino, ha sido uno de medidas casi escandalosas, se diría que de tres o cuatro plazas. He preguntado a todos los que residimos en la casa: un gato, dos perros, seis tazas, una abuela, de la que tampoco sabemos nada, ni siquiera si es o no abuela nuestra o simplemente venía con la casa, una cotorra del Orinoco, que tampoco sé yo si hay en ese remoto lugar animales de ese tipo; a ciencia cierta, tampoco sé muy bien dónde está ese Orinoco, que puede que le suceda como al paraguas que tiene vida propia y elige a sus portadores así como la morada en la que quiere pasar unos días de intensas lluvias.

Que por cierto, las inundaciones no son responsabilidad de la naturaleza o fenómenos atmosféricos como quieren vendernos; tanta objetividad en la prensa me sorprende; a lo que iba,  las inundaciones son, en parte, responsabilidad de la acción del hombre sobre ciertos elementos: cauces de ríos, arroyos, y otra variada gama de espacios que el hombre, en su afán de expansionismo, no duda en ocupar a pesar de las consecuencias,  de las que luego habrá que culpar al cambio climático (porque en eso el hombre también es curioso, nuca llueve como lo ha hecho otros años), no a que las alcantarillas y las tuberías tengan suficiente capacidad, o que las calles y carreteras no estén construidas con los niveles lógicos y necesarios para que la dichosa agua (esa de la que nos protegemos con ahínco y, muchas veces, con actitud obsesiva, con los dichosos inventos de varillas), corra feliz y por inercia hacia el mar, que es al fin y al cabo a donde van a parar todas las aguas de este mundo; y ahora que lo pienso: al decir todas las aguas, ¿también las residuales? Pero este tema lo dejo para otro día. Ahora voy a ver dónde he dejado el paraguas… ¿me lo habrá recortado Rajoy?

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